Hay algo en el aire,
que logra traspasar
todo muro levantado
toda membrana conocida
todo límite establecido.
Que despierta despacito
y levanta vuelo,
hacia nosotros
y desde nosotros.
Hay algo que se cuela en cada partícula, y en cada ser.
Una especie de música cromática que transporta, lejos y cerca.
Que hace sonreir, respirar hondo, y sentir el aroma del mundo.
Algo con la tibieza de un abrazo y la fuerza de un huracán,
que rompe de a poco nuestros cánones establecidos,
reglas baratas e insulsas.
Que des - arma,
para volver a armar,
que cose y descose,
que escribe y borra,
y vueve a escribir.
Hay algo en el aire
que está pidiendo,
a gritos de ventisca
que dejemos de aparentar
lo que todos pretenden de nosotros.
Para sucumbir a lo que fuimos
para confrontar lo que somos
para romper y crear
para morir y nacer
y así comenzar
a ser.
(Aufheben)
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miércoles, 30 de mayo de 2012
lunes, 28 de mayo de 2012
viernes, 25 de mayo de 2012
des-acorde
Baje del colectivo.
Y lo ví.
Estaba sentado en un banco de plaza.
Una guitarra estaba apoyada en sus rodillas, no logré distinguir si era criolla o acústica.
Mientras caminaba a la estación, me saqué los auriculares.
Realmente quería escuchar lo que tenía esa guitarra por decir.
Pero no escuche nada.
Algo estaba andando mal.
Lo miré, y me estaba mirando.
(Entre los dos, no completábamos una sonrisa.)
Seguí caminando.
Lo volví a mirar.
Estaba mirando.
Quise pedirle una canción, una melodía, un simple acorde, un solo, un misero punteo, ALGO!
Algo que me hiciera sentir menos vacía, menos enredada, menos confundida, menos.
Nada.
Un vacío silencioso se había apoderado de la plaza, de la guitarra y de mí.
Me di vuelta una última vez, y ahí estaba.
Era ya una mancha pequeña en la periferia de mi visión.
Aún asi, pude darme cuenta, de que ahí estaba.
Mirándome.
Tal vez, el efecto también lo había atrapado.
Tal vez, él también se había quedado mudo.
Y vacío.
Como la plaza.
Como la guitarra.
Como yo.
Y lo ví.
Estaba sentado en un banco de plaza.
Una guitarra estaba apoyada en sus rodillas, no logré distinguir si era criolla o acústica.
Mientras caminaba a la estación, me saqué los auriculares.
Realmente quería escuchar lo que tenía esa guitarra por decir.
Pero no escuche nada.
Algo estaba andando mal.
Lo miré, y me estaba mirando.
(Entre los dos, no completábamos una sonrisa.)
Seguí caminando.
Lo volví a mirar.
Estaba mirando.
Quise pedirle una canción, una melodía, un simple acorde, un solo, un misero punteo, ALGO!
Algo que me hiciera sentir menos vacía, menos enredada, menos confundida, menos.
Nada.
Un vacío silencioso se había apoderado de la plaza, de la guitarra y de mí.
Me di vuelta una última vez, y ahí estaba.
Era ya una mancha pequeña en la periferia de mi visión.
Aún asi, pude darme cuenta, de que ahí estaba.
Mirándome.
Tal vez, el efecto también lo había atrapado.
Tal vez, él también se había quedado mudo.
Y vacío.
Como la plaza.
Como la guitarra.
Como yo.
martes, 22 de mayo de 2012
Correr
No para llegar a un lugar,
ni porque estés apurado,
no porque estés escapando.
Correr.
Sin horarios y sin días.
Sin cronómetros,
sin el peso de una mochila.
Correr.
Sin celular.
Sin wi-fi.
Sin facebook.
Correr.
Con lluvia y barro,
con sol y viento,
con hojas de otoño.
Correr
con el corazón acelerado,
con los pulmones asfixiados,
con las piernas hechas garabatos.
Correr
sin multitudes ruidosas
sin autos, ni nafta.
Correr sin inflación.
Correr sin prejuicios
de piel,
religión,
sexo,
o edad.
Correr siendo
niño,
anciano,
joven,
adolescente,
o adulto.
Correr
Junto a los caballos salvajes,
a la brisa mojada,
entre kilómetros y kilómetros de nada
que de tanto ser nada,
lo es todo.
Correr
dejando de ser
suegro,
vecino,
primo,
madre,
o pareja
de alguien.
Correr.
En agosto o en enero
En invierno o primavera
Feriados y martes.
Correr y sentirte parte del viento.
Correr
y volverte
pensamiento,
néctar,
pluma,
cartílago,
migración,
barro,
clorofila,
sudor,
lluvia,
suspiro,
vuelo.
ni porque estés apurado,
no porque estés escapando.
Correr.
Sin horarios y sin días.
Sin cronómetros,
sin el peso de una mochila.
Correr.
Sin celular.
Sin wi-fi.
Sin facebook.
Correr.
Con lluvia y barro,
con sol y viento,
con hojas de otoño.
Correr
con el corazón acelerado,
con los pulmones asfixiados,
con las piernas hechas garabatos.
Correr
sin multitudes ruidosas
sin autos, ni nafta.
Correr sin inflación.
Correr sin prejuicios
de piel,
religión,
sexo,
o edad.
Correr siendo
niño,
anciano,
joven,
adolescente,
o adulto.
Correr
Junto a los caballos salvajes,
a la brisa mojada,
entre kilómetros y kilómetros de nada
que de tanto ser nada,
lo es todo.
Correr
dejando de ser
suegro,
vecino,
primo,
madre,
o pareja
de alguien.
Correr.
En agosto o en enero
En invierno o primavera
Feriados y martes.
Correr y sentirte parte del viento.
Correr
y volverte
pensamiento,
néctar,
pluma,
cartílago,
migración,
barro,
clorofila,
sudor,
lluvia,
suspiro,
vuelo.
domingo, 20 de mayo de 2012
El viajero atrapado en el tiempo.
Chiche le decían.
Nunca supe cual era el nombre que derivó en esas 6 letras.
El nombre que debía estar en su documento, ese que eligió su madre, su padre, que fue resultado de una larga investigación, o de un simple gusto lindo.
Nunca lo supe.
Chiche vivía enfrente de la casa de la esquina, en realidad, enfrente de una de las caras de la casa de la esquina.
En la casa de la esquina, vive mi abuela.
De todos los recuerdos que se relacionan con esa casa, habita chiche.
Chiche gritando,
Chiche llorando,
o Chiche observando desde su silla, puesta de espaldas a su casa, con los ojos hacia adelante, hacia donde siempre quiso ir, y no pudo.
Cuando era chica le tenía miedo.
De más grande supe que chiche, era un viajero del tiempo, que se había quedado perdido entre los años.
Era grande de unos 50 años, de pelo canoso, flaaaaco y alto.
Pero si lo mirabas con detenimiento, Chiche, era sólo un niño, un niño triste y asustado, al que nunca le habían abierto la puerta para ir a jugar.
Según mi abuela, de joven, se hablaba con el Raúl y la Liliana, y se pasaba algunas tardes con el Raulito y la guitarra, tocando notas de hace algún tiempo.
Un día ví a Chiche barriendo la calle, pidiéndole a las bolsas de plástico que se corran de su camino, enojándose con ellas, al no cumplir. También supe de la vez que salió corriendo, semi-desnudo, tras una muchacha que pasaba por ahí.
Lo más triste fue enterarme de la razón del quedar atrapado en su cápsula temporal.
En algún época, en su juventud, Chiche se había atrevido a amar, a amar de verdad y cuando uno se arriesga a amar, abre la puerta a todo lo que vendrá.
Su madre, no lo aceptó, y cerró para siempre esa puerta, guardando la llave, en alguno de sus bolsillos más oscuros.
No se si Chiche peleó por su amor, o simplemente se dejó caer.
Sí se que desde ese entonces, fue cayendo encerrado en una nave, a través del espacio, un nuevo capitán Beto, atravesando el espacio-tiempo, en un otoño eterno.
Un día, fui de visita la casa de la esquina, y mientras la Zulema me abría la puerta, él me vió, sentado en su silla de afuera.
Me vió y me gritó.
Mi abuela, no logró entenderlo.
Pero yo sí.
Yo sí le entendí.
Me gritó:
-Liliana!-
Y ahí entendí, realmente entendí.
Chiche había quedado encerrado, en un mundo, en el que yo, ya no era yo, sino que era ella, mi madre.
Era Lilianita, que lo saludaba desde su casa, cuando Chiche era aquel joven, cuando Chiche tocaba la guitarra con Raúl, cuando Chiche podía distinguir los aromas, y los rostros, y podía sentir profundo cariño hacia alguien, sin que nadie se lo impidiese.
Un vació fue creciendo en mí desde ese momento, una nostalgia por alguien a quien no conocía, por alguien a quién el amor le fue arrebatado, y no se atrevió a luchar, una impotencia inmensa, por los actos de su propia progenitora, que lo encerraba, no sólo entre las rejas de la casa, sino que lo encerraba cada vez más en sí mismo.
Ayer, me enteré que Chiche, continuó su viaje, hacia otros mundos.
Y aunque tal vez mi abuela pretenda convencerse, que ya no habrá mas gritos ni líos.
Sé que algo le faltará a esa esquina de esa calle.
Un enriedo de griteríos y bolsas de plástico,
de naves y nostalgias,
de ojos que miran y buscan,
mientras las manos que tocan la guitarra se atrofian, o se olvidan,
mientras lo castaño se vuelve canoso,
y viceversa.
Nunca supe cual era el nombre que derivó en esas 6 letras.
El nombre que debía estar en su documento, ese que eligió su madre, su padre, que fue resultado de una larga investigación, o de un simple gusto lindo.
Nunca lo supe.
Chiche vivía enfrente de la casa de la esquina, en realidad, enfrente de una de las caras de la casa de la esquina.
En la casa de la esquina, vive mi abuela.
De todos los recuerdos que se relacionan con esa casa, habita chiche.
Chiche gritando,
Chiche llorando,
o Chiche observando desde su silla, puesta de espaldas a su casa, con los ojos hacia adelante, hacia donde siempre quiso ir, y no pudo.
Cuando era chica le tenía miedo.
De más grande supe que chiche, era un viajero del tiempo, que se había quedado perdido entre los años.
Era grande de unos 50 años, de pelo canoso, flaaaaco y alto.
Pero si lo mirabas con detenimiento, Chiche, era sólo un niño, un niño triste y asustado, al que nunca le habían abierto la puerta para ir a jugar.
Según mi abuela, de joven, se hablaba con el Raúl y la Liliana, y se pasaba algunas tardes con el Raulito y la guitarra, tocando notas de hace algún tiempo.
Un día ví a Chiche barriendo la calle, pidiéndole a las bolsas de plástico que se corran de su camino, enojándose con ellas, al no cumplir. También supe de la vez que salió corriendo, semi-desnudo, tras una muchacha que pasaba por ahí.
Lo más triste fue enterarme de la razón del quedar atrapado en su cápsula temporal.
En algún época, en su juventud, Chiche se había atrevido a amar, a amar de verdad y cuando uno se arriesga a amar, abre la puerta a todo lo que vendrá.
Su madre, no lo aceptó, y cerró para siempre esa puerta, guardando la llave, en alguno de sus bolsillos más oscuros.
No se si Chiche peleó por su amor, o simplemente se dejó caer.
Sí se que desde ese entonces, fue cayendo encerrado en una nave, a través del espacio, un nuevo capitán Beto, atravesando el espacio-tiempo, en un otoño eterno.
Un día, fui de visita la casa de la esquina, y mientras la Zulema me abría la puerta, él me vió, sentado en su silla de afuera.
Me vió y me gritó.
Mi abuela, no logró entenderlo.
Pero yo sí.
Yo sí le entendí.
Me gritó:
-Liliana!-
Y ahí entendí, realmente entendí.
Chiche había quedado encerrado, en un mundo, en el que yo, ya no era yo, sino que era ella, mi madre.
Era Lilianita, que lo saludaba desde su casa, cuando Chiche era aquel joven, cuando Chiche tocaba la guitarra con Raúl, cuando Chiche podía distinguir los aromas, y los rostros, y podía sentir profundo cariño hacia alguien, sin que nadie se lo impidiese.
Un vació fue creciendo en mí desde ese momento, una nostalgia por alguien a quien no conocía, por alguien a quién el amor le fue arrebatado, y no se atrevió a luchar, una impotencia inmensa, por los actos de su propia progenitora, que lo encerraba, no sólo entre las rejas de la casa, sino que lo encerraba cada vez más en sí mismo.
Ayer, me enteré que Chiche, continuó su viaje, hacia otros mundos.
Y aunque tal vez mi abuela pretenda convencerse, que ya no habrá mas gritos ni líos.
Sé que algo le faltará a esa esquina de esa calle.
Un enriedo de griteríos y bolsas de plástico,
de naves y nostalgias,
de ojos que miran y buscan,
mientras las manos que tocan la guitarra se atrofian, o se olvidan,
mientras lo castaño se vuelve canoso,
y viceversa.
martes, 15 de mayo de 2012
No todos los días, uno escucha a una nena de trenzas rubias, relatar un partido de futbol, mientras patea una pelota de colores.
No todos los días, uno ve a una chica, hamacarse con muchas ganas, mientras le grita a la luna, que la va a alcanzar.
No todos los días, una niña, se te acerca corriendo, se sienta (después de mucho esfuerzo) en la hamaca al lado tuyo, y con las piernitas colgando, te cuenta como el papá la hamaca fuerte fuerte, y te muestra, nuevas técnicas para sonarse los mocos.
No todos los días, uno puede sentir el nacimiento de un abismo, que se vuelve gigante, infinito y silencioso.
No todos los días, uno puede estar tan cerca y tan lejos de alguien.
Cuando me senté en la hamaca, me daba el sol de espalda, una nena me hablaba, y el pasto se movía, interceptando el camino de las homigas.
Y sin embargo, cuando me levanté, el sol ya no estaba, la nena se había ido a tomar la leche, y yo ya me había vaciado.
Me escondí debajo de la bufanda, para cuidar las pocas palabras que me quedaban.
Y empecé a caminar.
No todos los días, uno ve a una chica, hamacarse con muchas ganas, mientras le grita a la luna, que la va a alcanzar.
No todos los días, una niña, se te acerca corriendo, se sienta (después de mucho esfuerzo) en la hamaca al lado tuyo, y con las piernitas colgando, te cuenta como el papá la hamaca fuerte fuerte, y te muestra, nuevas técnicas para sonarse los mocos.
No todos los días, uno puede sentir el nacimiento de un abismo, que se vuelve gigante, infinito y silencioso.
No todos los días, uno puede estar tan cerca y tan lejos de alguien.
Cuando me senté en la hamaca, me daba el sol de espalda, una nena me hablaba, y el pasto se movía, interceptando el camino de las homigas.
Y sin embargo, cuando me levanté, el sol ya no estaba, la nena se había ido a tomar la leche, y yo ya me había vaciado.
Me escondí debajo de la bufanda, para cuidar las pocas palabras que me quedaban.
Y empecé a caminar.
lunes, 14 de mayo de 2012
No creo en el amor que necesita sufrimiento, que sobrevive de celos y reproches, de mentiras.
No confío en el amor que necesita de constantes flores, o bombones.
Ni del que es sólo manos y ojos, y se olvida de los oídos y las palabras.
No creo en el amor eterno, porque ni siquiera sabemos, que va a pasar mañana.
No acepto el amor que no se juegue, que no arriesgue, que se quede comodamente sentado en el sillón.
No entiendo a aquel que pretende ser igual a través de los años, cuando a nuestro alrededor todo está en constante cambio, no podemos simplemente cerrar los ojos, y creer que cambiar es errado.
No creo que sea algo con fechas y almanaques, y relojes constantes.
Ni con centimétros o reglas, midiéndo cuánto creció, cuanto decayó.
Me cuesta darle confianza, al amor que huye al conflicto, bajando la cabeza y asintiendo.
Ya que muchas cosas buenas, surgen del conflicto.
No creo que el amor, se limite a dos cuerpos, a dos mentes, a dos.
Creo que es algo que abarca mucho más de lo que dos pueden contener.
No creo en el amor que se conforma.
Y deja de ser amor.
No confío en el amor que necesita de constantes flores, o bombones.
Ni del que es sólo manos y ojos, y se olvida de los oídos y las palabras.
No creo en el amor eterno, porque ni siquiera sabemos, que va a pasar mañana.
No acepto el amor que no se juegue, que no arriesgue, que se quede comodamente sentado en el sillón.
No entiendo a aquel que pretende ser igual a través de los años, cuando a nuestro alrededor todo está en constante cambio, no podemos simplemente cerrar los ojos, y creer que cambiar es errado.
No creo que sea algo con fechas y almanaques, y relojes constantes.
Ni con centimétros o reglas, midiéndo cuánto creció, cuanto decayó.
Me cuesta darle confianza, al amor que huye al conflicto, bajando la cabeza y asintiendo.
Ya que muchas cosas buenas, surgen del conflicto.
No creo que el amor, se limite a dos cuerpos, a dos mentes, a dos.
Creo que es algo que abarca mucho más de lo que dos pueden contener.
No creo en el amor que se conforma.
Y deja de ser amor.
domingo, 13 de mayo de 2012
De la tierra al cielo
Como
jugando a la rayuela me
pierdo en veredas-escaleras, subiendo y bajando, y cayendo.
En
esquinas borrosas de carboncillo, que no dejan distinguir los rostros, que ya son lineas, muy delgadas, que ya no son nada.
Entre piernas de tiza gastada, que van y que vuelven, que no saben a donde vamos, ni siquiera a donde estamos.
Entre piernas de tiza gastada, que van y que vuelven, que no saben a donde vamos, ni siquiera a donde estamos.
Despacio
caen las piedras, agujereando techos ajenos, pequeñas y gruesas capas de ozono, cubriendo como sombreros,ideas conformistas.
Despacio caen las piedras, en diacronía con el tiempo establecido,
enfrentando cabeza y sentir, actuar y tiempo, causa y efecto.
enfrentando cabeza y sentir, actuar y tiempo, causa y efecto.
La
calesita sigue girando, entre
tantas palabras desajustadas
entre
tazas de cafe olvidadas, entre nostalgias, por nunca abrir la puerta.
Y las piedras siguen cayendo, del cielo a la tierra.
Y las risas siguen cavando, de la tierra al cielo. viernes, 11 de mayo de 2012
Controversias de la lluvia
Que llueva,
pero lluvia lluvia,
lluvia con tormenta,
lluvia con viento de antemano,
lluvia con caras mojadas,
zapatillas embarradas,
cabezas con o sin capuchas.
Lluvia con ventanas y gotas
gotas que resbalan a la par de uno,
que está siempre a punto de resbalar/rebalsar.
Lluvia con bufandas y películas
O con té y páginas marcadas,
ya amarillas y olvidadas de hace tiempo.
Lluvia con calesitas que giran
y que no importa ya que paren o no
mientras sea bajo este azul mojado
por el que nadie nota si esta lluvia es del cielo,
o es de uno, que ya no puede retenerla.
Lluvia que es máquina del tiempo y es abuelos, meriendas,
tortas fritas y canciones, lenguas afuera, bolsillos con cartas y generalas.
Lluvia que es volver a tener 6 años,
Que es mamá trayendo crayones, velas y sonrisas.
Lluvia que es hermanos y plasticolas de colores en hojas blancas
que se doblan a la mitad y forman figuras imposibles.
Lluvia que es nostalgia y risa
Que es olor a madera,
Lluvia, que nos hace subir a los altillos a cerrar ventanas
y nos re-encuentra con los nosotros que dejamos en uno o varios estantes.
Lluvia que es acorde, y cuerda contra cuerda
y voz derrotada, y canción que arrastra consigo espiral de nudos apretados.
Lluvia de esa que vuelve lo verde salvaje
que impregna la tierra, que le da vida
y que hace que respiremos hondo
y nos creamos capaces de germinar.
Lluvia que apaga las luces
y hace saltar la corriente
y nos deja des-conectados de tanta cosa amorfa,
ensimismados con las llamas de las velas y las historias de terror.
Lluvia que también es arrasadora
y acaba con los techos, las paredes y los candados
Lluvia que crea desesperanza y tristeza y termina
en un balde/tacho/vaso.
Lluvia que es grito
pero grito desde las entrañas
grito con palabras que no sabíamos que conocíamos
y que de tanto que es grito, también es alivio.
No esta lluvia, que no es lluvia ni es sol,
no esta indesición,
irresolución,
vacilación,
duda,
titubeo,
perplejidad,
inseguridad,
dilema,
confusión.
No esta lluvia, ni mojada ni seca,
incertidumbre húmeda, que confunde.
No esta lluvia que no me toca,
que se evapora antes de llegar a mi
que me incomoda, me fastidia, me desarma.
No esta lluvia
que no logra
compaginarse
con la
lluvia
que
hay
en
mi.
pero lluvia lluvia,
lluvia con tormenta,
lluvia con viento de antemano,
lluvia con caras mojadas,
zapatillas embarradas,
cabezas con o sin capuchas.
Lluvia con ventanas y gotas
gotas que resbalan a la par de uno,
que está siempre a punto de resbalar/rebalsar.
Lluvia con bufandas y películas
O con té y páginas marcadas,
ya amarillas y olvidadas de hace tiempo.
Lluvia con calesitas que giran
y que no importa ya que paren o no
mientras sea bajo este azul mojado
por el que nadie nota si esta lluvia es del cielo,
o es de uno, que ya no puede retenerla.
Lluvia que es máquina del tiempo y es abuelos, meriendas,
tortas fritas y canciones, lenguas afuera, bolsillos con cartas y generalas.
Lluvia que es volver a tener 6 años,
Que es mamá trayendo crayones, velas y sonrisas.
Lluvia que es hermanos y plasticolas de colores en hojas blancas
que se doblan a la mitad y forman figuras imposibles.
Lluvia que es nostalgia y risa
Que es olor a madera,
Lluvia, que nos hace subir a los altillos a cerrar ventanas
y nos re-encuentra con los nosotros que dejamos en uno o varios estantes.
Lluvia que es acorde, y cuerda contra cuerda
y voz derrotada, y canción que arrastra consigo espiral de nudos apretados.
Lluvia de esa que vuelve lo verde salvaje
que impregna la tierra, que le da vida
y que hace que respiremos hondo
y nos creamos capaces de germinar.
Lluvia que apaga las luces
y hace saltar la corriente
y nos deja des-conectados de tanta cosa amorfa,
ensimismados con las llamas de las velas y las historias de terror.
Lluvia que también es arrasadora
y acaba con los techos, las paredes y los candados
Lluvia que crea desesperanza y tristeza y termina
en un balde/tacho/vaso.
Lluvia que es grito
pero grito desde las entrañas
grito con palabras que no sabíamos que conocíamos
y que de tanto que es grito, también es alivio.
No esta lluvia, que no es lluvia ni es sol,
no esta indesición,
irresolución,
vacilación,
duda,
titubeo,
perplejidad,
inseguridad,
dilema,
confusión.
No esta lluvia, ni mojada ni seca,
incertidumbre húmeda, que confunde.
No esta lluvia que no me toca,
que se evapora antes de llegar a mi
que me incomoda, me fastidia, me desarma.
No esta lluvia
que no logra
compaginarse
con la
lluvia
que
hay
en
mi.
lunes, 7 de mayo de 2012
viernes, 4 de mayo de 2012
mapas
![]() |
Qué habrán visto esas pupilas en tantas otras vidas, que los recuerdos les quedaron grabados en la retina.
Qué tormentas habrás pasado, que los truenos logran
des - armar
[de una]
todas tus piezas de gata distante y fría, meticulosamente apiladas, luego de tantas batallas perdidas.
Vaya uno a saber que triste recuerdo, te obliga a salir huyendo, y a hacerte un bollito.
Contra el sillón.
jueves, 3 de mayo de 2012
Agujeros negros de hoy en día
A veces somos siluetas de aparente cartón.
Siluetas que caminan pero no avanzan.
Que hablan, pero no dicen nada.
Siluetas.
Uno no puede ver a través de una silueta, como no se puede ver a través del cartón, de algo opaco y sin vida.
Entonces no nos podemos dar cuenta, no podemos saber a simple vista.
A veces en el pecho de las aparentes siluetas, aparece un punto negro, insignificante, una pequeña molestia en medio de tanta rutina.
Hasta que ese puntito termina siendo un agujero negro que nos va absorbiendo de a poco, pidiendo más de nosotros.
Este agujero, infinito y atemorizante, nos exige, sediento, arrebata lo mejor y lo peor de nosotros.
Pensamos que dándole lo que nos pide, estamos callándolo y apagándolo.
Pero no.
Lo volvemos más fuerte.
A veces, el agujero negro nos vuelve de malhumor, irritantes, frustrados irascibles.
Nos saca las ganas.
De todo.
A veces mi perra rasguña la puerta, pidiéndome desesperada, un poco de asfalto y arboleda.
Y yo refunfuño, y me enojo y le digo que no quiero que no puedo que no hay tiempo.
Que la facultad, y los trabajos, y la salud y la familia, y le explico de las cuentas, del gas y de la luz.
Pero a ella no le importa. (Y hace bien)
Y la saco, mientras agita la cola de aca para alla, feliz de la vida, y me lleva por las calles laberínticas.
Y me cuenta del verde, y de las nubes con formas, y de los nenes que la miman y de las palomas que corre.
Y yo me rio, y me acuerdo, y me doy cuenta de que de a poco, me siento mejor.
Y vuelvo a mi casa, riendo y cantando.
Y presiento que el agujero no era tan hondo.
Ni tan fuerte.
Ni tan oscuro.
Y me doy cuenta que vale la pena vivir un día más
con un poco de verde, de formas de nubes
de calesitas y nenes, y palomas que vuelan.
Que hoy estamos vivos
Siluetas que caminan pero no avanzan.
Que hablan, pero no dicen nada.
Siluetas.
Uno no puede ver a través de una silueta, como no se puede ver a través del cartón, de algo opaco y sin vida.
Entonces no nos podemos dar cuenta, no podemos saber a simple vista.
A veces en el pecho de las aparentes siluetas, aparece un punto negro, insignificante, una pequeña molestia en medio de tanta rutina.
Hasta que ese puntito termina siendo un agujero negro que nos va absorbiendo de a poco, pidiendo más de nosotros.
Este agujero, infinito y atemorizante, nos exige, sediento, arrebata lo mejor y lo peor de nosotros.
Pensamos que dándole lo que nos pide, estamos callándolo y apagándolo.
Pero no.
Lo volvemos más fuerte.
A veces, el agujero negro nos vuelve de malhumor, irritantes, frustrados irascibles.
Nos saca las ganas.
De todo.
A veces mi perra rasguña la puerta, pidiéndome desesperada, un poco de asfalto y arboleda.
Y yo refunfuño, y me enojo y le digo que no quiero que no puedo que no hay tiempo.
Que la facultad, y los trabajos, y la salud y la familia, y le explico de las cuentas, del gas y de la luz.
Pero a ella no le importa. (Y hace bien)
Y la saco, mientras agita la cola de aca para alla, feliz de la vida, y me lleva por las calles laberínticas.
Y me cuenta del verde, y de las nubes con formas, y de los nenes que la miman y de las palomas que corre.
Y yo me rio, y me acuerdo, y me doy cuenta de que de a poco, me siento mejor.
Y vuelvo a mi casa, riendo y cantando.
Y presiento que el agujero no era tan hondo.
Ni tan fuerte.
Ni tan oscuro.
Y me doy cuenta que vale la pena vivir un día más
con un poco de verde, de formas de nubes
de calesitas y nenes, y palomas que vuelan.
Que hoy estamos vivos
lunes, 30 de abril de 2012
Entre desmemorias y memorias, idas y vueltas.
Nadie sabe como se
comienza a formar, ni de dónde surge.
Pero todos la
tienen, la moldean, la olvidan, la visitan.
La memoria, es un
refugio y una cárcel, un cajón con demasiados papeles, la memoria es una casa en
la arena.
Hay casas tan vacías,
que las paredes se confunden con el techo, y el techo con el suelo, y uno se
siente en el medio del desierto, con el viento atravesando el rostro, y los
recuerdos esparcidos en cada rincón del mundo.
Otras, están
repletas de historias, de muebles, de libros tirados en el piso y en las
paredes cajones, llenos de aromas, de voces y escritos.
A esas casas, vale
la pena ir a visitarlas de vez en cuando, sentarse en la vieja silla mecedora,
(aunque el mimbre ya esté astillado) y revisar a fondo los cajones, vaciarlos
de punta a punta, hasta el último pedacito de tiza, que guardamos aquel agosto,
después de pintar rayuelas en todos los patios posibles.
A veces llenar la
casa con tanto mueble, tanto vida, tanta rutina, termina encerrándonos de a
poco, perdiendo la noción del tiempo, volviéndonos amarillos, cómo diario
viejo, convirtiéndonos en parte del mobiliario, escondidos y ocultos en los
vericuetos de la memoria, sin saber si somos el recuerdo o sólo recordamos lo
que fuimos antes de ser lo que ahora fuimos, o ayer somos.
A nuestra casa en la
arena (hecha también de arena), no es fácil sostenerla, ínfima y efímera, a
veces tambaleante, suele escaparse de nuestras manos, y volverse olvidada
llanura, tiempo en un reloj.
De vez en cuando, (sobre
todo los domingos de otoño) suelo visitarla, agrego un estante, guardo una foto
en un cajón, abro todos los frascos, todos los olores guardados y los dejo
libres.
Por un instante, el
olor a tierra mojada, también puede ser humo de vela un día que se cortó la
luz, una esquina camino al colegio, que olía a jazmines, abrazo tibio de mi
abuela, y tostadas en días de invierno.
Cada vez que voy,
también traigo una parte de aquel lugar, lo reparto entre mis días, en el agua
del mate, que va a cada amigo, en las risas que salen desde mi panza, y en los
garabatos que forman las letras que escribo.
Guardo
especialmente, pedacitos de mi casa para los niños, ellos son buenos
arquitectos de arena, y es más fácil para ellos edificar nuevos rascacielos sin
fronteras.
No me olvido que mi
casa es de arena, y que hay ciertas cosas que desarma el mar, y ciertas cosas
que se lleva el viento.
Espero que cuando se
derrumbe, otros puedan llevarme en la pared de sus propias casas, en la madera
de los cajones, o en las partículas que conforman el mimbre de una silla
mecedora.
Y que de vez en
cuando, abran el frasco con mi aroma, y me dejen deslizarme de a poquito entre
las paredes de una nueva casa de arena.
Victoria Jerez.
miércoles, 25 de abril de 2012
viernes, 20 de abril de 2012
E N C E R R A D O .
![]() | |
| http://gonzaloperin.tumblr.com/ |
No por jaulas, ni por paredes.
E n c e r r a d o.
Por miedo.
A la vida
A nacer.
A estar solo.
A sentir.
A caer de la cuna.
A que no te entiendan.
Ni te abracen.
A dejarse moretones
A llegar tarde a la escuela.
A no tener amigos.
Al plato de espinaca.
A la profesora de inglés.
A ser niño.
A creer.
A correr y saltar la soga.
A dios.
A las mentiras.
A lo desconocido
A la ira
Al amor
A crecer.
A no ser uno mismo.
A que no te miren
No te escuchen
No te hablen.
No te quieran.
A que tu vieja se entere.
A no ser el más popular.
A no tener una banda de rock.
A lo que piensen de vos.
A envejecer
Al prejuicio.
A la sociedad de consumo.
A ser parte de la masa.
Al desamor.
A las canciones de protesta
A la iglesia.
A la política.
Al estado.
A que te atrapen.
A la guerra.
A la inseguridad.
Al futuro de tus hijos.
A las arrugas.
A la hipoteca.
A tu jefe.
Al matrimonio.
A ser infeliz.
A que la plata se esfume.
A la infidelidad.
A la molestia,
hipertensión,
arritmia, y acidez.
A la menopausia,
diabetes,
obesidad,
hipotermia,
artrosis,
alzheimer,
sordera,
a la vasectomía,
a la demencia.
Al olvido selectivo.
A los vecinos.
A la dependencia.
A la religión.
A no haber gritado
tomado de más, viajado.
Al no haber amado lo suficiente
O haber hecho cosas locas por amor.
Al no recuerdo.
A no haber aprendido a tocar la guitarra.
A no haber cursado ese taller de portugués.
A la falta de ganas.
A las fotografías en blanco y negro.
A que te olviden.
A que no haya nada bueno que recordar.
A no haber vivido.
A la muerte.
martes, 17 de abril de 2012
La otra realidad
Vivimos enganchados
de un cable a una pantalla
de un auricular a una tecla
y viceversa.
Pero a veces, sin darnos cuenta
nos salimos del cuadradito
y nos vamos por instantes,
a otras realidades.
En las que al subir al vagón
interceptamos otro sonido
mucho mejor en el aire
un muchacho y un charango
en un diálogo improvisado
un paisaje cotidiano
que de a poco se va volviendo color.
Sentados en los escalones
sin buscar propinas
ni aplausos
ni miradas.
Dan ganas de decir tantas palabras
de respirar hondo
para que los acordes puedan
entrar y salir de uno mismo.
Pero la mágico es efímero
y me tengo que bajar
en la próxima estación.
Apoyo un pie en el escalón,
y miro hacia atrás buscando unos ojos,
y los encuentro, y sonrío
agradeciendo ese viaje sin boleto.
Vuelvo a la otra realidad, la de humo
y ruido de maquinarias, e inseguridades varias
Pero con una creciente certeza
de que hay puertas en cada vuelta de esquina
esperando ser cruzadas,
para llevarnos lejos, por unos minutos
sin tiempo, ni cronómetro, ni auricular
ni pantallas, ni teclas, ni cables.
Lejos.
de un cable a una pantalla
de un auricular a una tecla
y viceversa.
Pero a veces, sin darnos cuenta
nos salimos del cuadradito
y nos vamos por instantes,
a otras realidades.
En las que al subir al vagón
interceptamos otro sonido
mucho mejor en el aire
un muchacho y un charango
en un diálogo improvisado
un paisaje cotidiano
que de a poco se va volviendo color.
Sentados en los escalones
sin buscar propinas
ni aplausos
ni miradas.
Dan ganas de decir tantas palabras
de respirar hondo
para que los acordes puedan
entrar y salir de uno mismo.
Pero la mágico es efímero
y me tengo que bajar
en la próxima estación.
Apoyo un pie en el escalón,
y miro hacia atrás buscando unos ojos,
y los encuentro, y sonrío
agradeciendo ese viaje sin boleto.
Vuelvo a la otra realidad, la de humo
y ruido de maquinarias, e inseguridades varias
Pero con una creciente certeza
de que hay puertas en cada vuelta de esquina
esperando ser cruzadas,
para llevarnos lejos, por unos minutos
sin tiempo, ni cronómetro, ni auricular
ni pantallas, ni teclas, ni cables.
Lejos.
martes, 10 de abril de 2012
Jugando en el patio-barco
A veces camino y veo, unos nenes jugando en un patio-barco.
Una niña pelirroja con una escoba barriendo los pies del nene que está tirado en el piso.
Al nene del piso, con ojos asustados, rogándole al pirata que lo deje vivir.
Y un tercer nene, con bigote de fibra, señalándolo con el dedo-garfio de su mano izquierda.
Y entonces me pregunto, por qué algunas personas buscan magia en lugares tan equivocados.
lunes, 9 de abril de 2012
Rama, pata y antena
Voy caminando, veo un punto en el piso, una hilera, unas patas, una hojita, una hormiga y sus hermanas.
Mi gata también las ve, las persigue las atrapa las suelta las vuelve a atrapar.
En un cuadradito entra una rama, una pata y una antena.
Tanta vida en tan poco espacio.
Yo me pregunto que sentirá la gata, que estira la pata con gracia, con miedo con sorpresa, tal vez el himenóptero se pregunte lo mismo, mientras intenta llevar su almuerzo en su pequeña y negra espalda.
Y tal vez, la hoja, desterrada de su viviente hogar, de su rama natal, de su tronco amigo, mientras mira al cielo, sin savia y sin vida se pregunte que son esas finísimas ramas negras que la llevan de aca para alla, que no la dejan deslizarse despacito, para morir volando en vaivén, de cara al sol, como soñó durante tanto tiempo.
Mi gata también las ve, las persigue las atrapa las suelta las vuelve a atrapar.
En un cuadradito entra una rama, una pata y una antena.
Tanta vida en tan poco espacio.
Yo me pregunto que sentirá la gata, que estira la pata con gracia, con miedo con sorpresa, tal vez el himenóptero se pregunte lo mismo, mientras intenta llevar su almuerzo en su pequeña y negra espalda.
Y tal vez, la hoja, desterrada de su viviente hogar, de su rama natal, de su tronco amigo, mientras mira al cielo, sin savia y sin vida se pregunte que son esas finísimas ramas negras que la llevan de aca para alla, que no la dejan deslizarse despacito, para morir volando en vaivén, de cara al sol, como soñó durante tanto tiempo.
lunes, 26 de marzo de 2012
Hoy: Pintó el bajón.
Día para escuchar Debussy, para sentarse a la mesa con un sólo plato, para mirar hacia donde no hay nada.
The romantic guitar está sonando, y ya no se quien soy, como si una parte de mí, no estuviera conmigo, se hubiera ido, como Alicia, a través de este enorme y atrapante espejo inconciente.
Me siento, llevo el tenedor a mi boca y mastico, pero no siento nada, sabor a nada, a vacío, y llego a la frustrante y estúpida conclusión de que ciertos vacíos, no se llenan con nada.
Estoy sentada a la mesa, pero también estoy viendo mi distante figura, en la habitación, frente a la mesa, como en un cuadro, hecho de carboncillos baratos, una absurda naturaleza muerta, que no es natural, ni está marchita, o tal vez si, pero sólo por dentro, que inútilmente, siempre está fuera de tiempo y lugar. Equivocada.
The romantic guitar está sonando, y ya no se quien soy, como si una parte de mí, no estuviera conmigo, se hubiera ido, como Alicia, a través de este enorme y atrapante espejo inconciente.
Me siento, llevo el tenedor a mi boca y mastico, pero no siento nada, sabor a nada, a vacío, y llego a la frustrante y estúpida conclusión de que ciertos vacíos, no se llenan con nada.
Estoy sentada a la mesa, pero también estoy viendo mi distante figura, en la habitación, frente a la mesa, como en un cuadro, hecho de carboncillos baratos, una absurda naturaleza muerta, que no es natural, ni está marchita, o tal vez si, pero sólo por dentro, que inútilmente, siempre está fuera de tiempo y lugar. Equivocada.
Cajones
¿Se puede despertar de un sueño tan real?
¿De una inconciencia capaz de superar en minutos la realidad?
¿De un aire tan pesado que perfore tus pulmones cada vez que lo inhalás?
De una nostalgia tan auténtica, que aún despues de abrir los ojos la puedas sentir ahí, intacta, burlándose.
De una angustia tan profunda que se aferra a tus huesos, a tu voz, que después de hacerte un bollito contra un sillón, y de que subas el volumen de la canción más triste, para poder largarlo todo, se atreve a abrir los cajones de la memoria, y se instala, haciéndote imposible pensar que sólo fue un sueño, un momento, un instante, sino que en realidad, el sueño era todo lo demás.
¿De una inconciencia capaz de superar en minutos la realidad?
¿De un aire tan pesado que perfore tus pulmones cada vez que lo inhalás?
De una nostalgia tan auténtica, que aún despues de abrir los ojos la puedas sentir ahí, intacta, burlándose.
De una angustia tan profunda que se aferra a tus huesos, a tu voz, que después de hacerte un bollito contra un sillón, y de que subas el volumen de la canción más triste, para poder largarlo todo, se atreve a abrir los cajones de la memoria, y se instala, haciéndote imposible pensar que sólo fue un sueño, un momento, un instante, sino que en realidad, el sueño era todo lo demás.
sábado, 24 de marzo de 2012
Viento-brazo-abrazo
Lo escucho silbar, sonrío y dejo lo que estoy haciendo. Salgo afuera, con Poli mordiendome las zapatillas y Pichi dejándome su impronta en forma de pata de tierra en mis pantalones azules.
Creo inocentemente que cuando llegue, va a lograr despegarme de los pensamientos que se enriendan en mi, en forma de espiral infinito. (¿Inocentemente?)
Espero. Y llega.
Cómo me gusta creer que si abro los brazos y cierro los ojos al cielo, cuando me traspase va a lograr llevarse una parte de mí, como antes, cuando las cosas eran distintas, para llevarme a cada parte, a cada pequeña partícula que conforma este mundo, para dejarme ahi. Y volverme a arrancar.
Me gusta creer que yo, no sólo soy yo, que estoy conformada por retazos de historias, aroma a lluvia, croar de ranas en pleno julio, miedo de niños en calles desiertas de nueva york, sabores matutinos, campos de girasoles en la pampa saludando al sol, fricción de una mano contra otra, de una pareja paseando por París, impotencia de algunas madres con pañuelo, esa cosquilla que da una caricia, sabiduría de quien sabe que todo pasa por alguna razón.
Quisiera creer con todas las fuerzas que cada vez que el viento traspasa nos lleva, pero también deja, cosiendo y descosiendo en su camino. Y que tal vez en alguna parte del mundo, también estoy yo, danzando en sincronía a la par de todo.
Creo inocentemente que cuando llegue, va a lograr despegarme de los pensamientos que se enriendan en mi, en forma de espiral infinito. (¿Inocentemente?)
Espero. Y llega.
Cómo me gusta creer que si abro los brazos y cierro los ojos al cielo, cuando me traspase va a lograr llevarse una parte de mí, como antes, cuando las cosas eran distintas, para llevarme a cada parte, a cada pequeña partícula que conforma este mundo, para dejarme ahi. Y volverme a arrancar.
Me gusta creer que yo, no sólo soy yo, que estoy conformada por retazos de historias, aroma a lluvia, croar de ranas en pleno julio, miedo de niños en calles desiertas de nueva york, sabores matutinos, campos de girasoles en la pampa saludando al sol, fricción de una mano contra otra, de una pareja paseando por París, impotencia de algunas madres con pañuelo, esa cosquilla que da una caricia, sabiduría de quien sabe que todo pasa por alguna razón.
Quisiera creer con todas las fuerzas que cada vez que el viento traspasa nos lleva, pero también deja, cosiendo y descosiendo en su camino. Y que tal vez en alguna parte del mundo, también estoy yo, danzando en sincronía a la par de todo.
viernes, 23 de marzo de 2012
Buena temporada para remontar olgas
Don volador de bufandas y sombreros, desparramador de hojas que ayer ayudaste a pincelar de amarillo.
Provocas en mí, ganas de abrazar y no soltar, de hacerme un ovillito en la cama, de preparar té o capuchino, y sentarme en un sillón con pantuflas, y libros de los que caen pétalos descoloridos, de poder calentarme las manos con la taza, el vaivén de los que mueren de pie, que veo desde la ventana, los pequeños remolinos de hojas amarilloanaranjadas y la satisfacción de dejarse atravesar por el viento.
Que bueno que volviste!
Girando en el cielo
Esta fotografía me encontró y me contó al oido las incertidumbres de un nene, que observó una tarde, las palomas volar.
Momento captado por Gonzalo Perin, gonzaloperin.tumblr.com
De tinta a piel, mar adentro.
Y me pregunto que
significará tanto color enjaulado tanta
alegría desordenada, cuál es la magia que esconden las cajitas de té,
aquellas que existían antes, en otro tiempo, alli donde encuentro
papelitos arrugados
que me dicen que todavía sigo siendo yo, de acromáticos a multicolores
torbellinos de hojas de otoño.
Dejando
en el camino, piezas de rompecabezas sin foto a la cual imitar,
fotografías grabadas de tinta a piel y barriletes hechos de nenitos
papel diario, agarrados de la mano,
mar adentro.
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